|
SILOS
Cuando te vi señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales.
Gerardo Diego
Abandonar el ruido
es posible
y quirúrgico.
Contemplar
prende el centro
de nuestro poder más real.
El silencio se escucha,
no es mudo.
El estruendo se desgañita,
empeñado en perpetuarse
como un virus
mas sólo lo que es cierto
tiene cualidad de sentido.
No hay nada que hacer antes
aunque el no hacer nos tiemble.
En abrazar la nada
está la puerta al todo.
LLAMARADA DE OTOÑO
Y se alargan las sombras, y se entrega el cobalto
a un degradado suave de oro y polvo de rosas,
y devora la noche todo brillo exaltado.
Sólo luna de nácar, sólo estrellas remotas.
Toma el aire el relevo del fragor sofocante.
Posa el lápiz la mano que apuntaba el esbozo.
El tiempo pide paso mientras lo inacabable
se interrumpe y se muestra llamarada de otoño.
No me sacian victorias, ni placer, ni aventura,
ni lisonjas, ni logros que aplacaran mis huecos.
Solo escucho las voces que me hicieron errar
el camino trazado, que rindieron mi furia,
que me abrieron humana, y así fuimos cayendo
del anhelo de ser a la esencia de dar.
|
LA NIÑA AZUL
Nieta del páramo,
en el pozo de mis ojos fijos
moraban acechando las inquietudes
como criaturas abisales.
Un lápiz de grafito
para apresar la palabra temprana,
el reverso de los folios usados
junto al olor a cedro de la caja de los colores.
Jugaba con la luz.
Deshojaba las flores con una sola mano
mientras pajareaba por otros mundos.
Creí que me pertenecían tales destrezas,
no pesé
ni siquiera la sal de mi propio sudor.
Así,
aunque jamás lo hubiera sospechado,
fui la pequeña princesa consentida
vestida de arpillera,
adornada de escarcha,
calzada con el barro de los charcos,
perfumada de mentas y tomillos.
La realidad
susurraba su atrayente promesa
tras cortinas de seda.
Yo, al otro lado
de un paño empapado de noches,
construía
castillos con amor momificado
para dormir a salvo
en sus coriáceas matrices.
La calle estrecha,
la lechera
balanceándose en mi mano,
oscuridad
y la mansa, tremenda, magnitud de las vacas
junto a la honesta esencia del estiércol.
En la cocina
casi nunca hace frío,
y al hervor,
la tacita de nata con azúcar.
Mamá, yo soy azul.
Sí, hija, azul eres.
|

El paisaje de Willa (Grabado)
PAULA MARTÍNEZ (BUENOS AIRES)
|