El hombre que se creía Marco Polo
de Federico Gallego Ripoll.
Ediciones Fantasma. Portugal, 2023
Poesía. Páginas 211.
Hay libros de aire, de agua, de tierra, de fuego. Hay libros que se resbalan entre los ojos y libros que dejan su estigma para siempre, como un tesoro abandonado en el inconsciente del lector. Hay libros que se esfuman. Hay libros que se asientan y llegan para quedarse con nosotros, como una pequeña rosa que naciera entre las piedras. Hay libros, también, que nacen muertos, como pequeños bebés amoratados.
Este libro pesa (¡y cómo!), quema y permanece en las cenizas que va dejando, como un rastro de pólvora quemada. Este libro se llama "El hombre que se creía Marco Polo"; su autor, Federico Gallego Ripoll.
Este libro es una antología; es decir: un recorrido por un tiempo, por una estética que utiliza esa llave invisible que, a veces, hace girar los mecanismos secretos de las cerraduras para llegar al interior.
Este libro reúne parte de lo más sensible de la obra de Federico: es un recorrido por ¡17! libros, en un arco temporal que abarca desde 1981 ("Poemas del Condotiero") hasta 2022 (el cuaderno "La lentitud de la deriva"). Como final se incluyen 14 poemas inéditos. La presente edición está editada en Portugal, por ediciones Fantasma, colección dirigida por Miguel Ángel Curiel y Carlos Ramos, autor este último del prólogo y la traducción al portugués. La edición, muy cuidada, es bilingüe y lleva una hermosa portada de Eva Hiernaux.
Este libro nace independiente y libérrimo, al margen, y con un solo valor: el que tiene la buena poesía (quizá la única, porque la otra, la mala, no es poesía). Este libro, repito, pesa. Como pesa el mercurio de los termómetros. Este libro es primordial para entender la poesía contemporánea, no solo en La Mancha (manchego es Federico), sino en España. Lo digo sin prejuicios.
"El título (de un poema o de un libro, añado) se yuxtapone a todo lo que va apareciendo…es el elemento atemporal del poema…está presente durante toda la lectura, es simultáneo a cada verso". Así el título "El hombre que se creía Marco Polo" nos muestra ya un camino por el que transita todo el libro: la palabra como descubrimiento, como actitud ante la vida, como asombro permanente ante los países que descubre o que inventa. La invención perpetua de ese milagro que hace que las palabras, como estorninos locos, vuelen juntas y formen figuras insospechadas.
Cézanne decía que siempre hay "composición, es decir, una manipulación consciente o no de lo que percibimos como realidad". Este fenómeno, habitual en el arte, lo es más, si cabe, en el hecho poético: en la verdad poética, que no siempre tiene por qué coincidir con la "verdad real" o "verdad externa". Pero nada hay más cierto que la verdad que se desprende de un hecho forjado en el interior, se traspase éste o no al exterior.
La verdadera aventura de la lectura es la lectura en sí, no lo que nos cuenta un texto; como la importancia del viaje es el viaje en sí, no el destino. El recorrido, el desplazamiento por caminos y textos que van forjando túneles que, como agujeros de gusano, nos llevan directamente a lugares diametralmente opuestos o a lugares que duermen con nosotros. El recorrido por el libro de Federico nos conforma en una realidad que existe en él (en Federico), pero también en nosotros, lectores.
Todo poeta tiene sus referentes, sus fijaciones. Quizá las de Federico sean (me atrevo a citar) el agua, el árbol y la luz. Es decir: lo que discurre para no repetirse en sí mismo, siendo lo mismo y lo diferente; lo que, desde la tierra, se eleva hasta el cielo en una búsqueda infinita por llegar a lo más alto (lo que quieto, se trasmuta lentamente); lo que ilumina y arroja todas las sombras que nos acompañan (lo que, no existiendo, es la justificación de la luz, su opuesto…)
Cuando una lengua se vuelca en otra, otra realidad paralela aparece, otro horizonte. El portugués, con su languidez de fado, parece el sonido perfecto para este manantial que nos propone el libro de un hombre que, creyéndose Marco Polo, descubrió que las brújulas se emborrachan con aguas estancadas y que hay países, mundos que están ahí, tan cerca, que no los podemos ver con los ojos físicos. Menos mal que hay zahoríes que nos muestran veneros que nos imantan cuando pasamos el dedo por unos versos iluminados con tanta agua, por unas raíces que sustentan tanta belleza, tanta verdad. Por una poesía que pesa tanto siendo tan leve. Porque "un poema no debe significar, sino ser" . Porque "Pudo ser agua./ Quiso ser vaso./ Sólo fue sed ." Porque "Para poder leer, necesitamos desaprender muchas cosas, librarnos de determinados prejuicios" . Y amar la belleza como única forma de verdad. Por eso.
Para ver poemas de Federico Gallego Ripoll, traducidos al portugués de esta antología ir a pág. 58.
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