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Y ENCAMINARSE
Y encaminarse a grandes avenidas
donde las sombras recortadas y nuestra propia sombra,
extáticas, dibujan
la intensión de un problema irresoluble:
la presencia total en que existimos,
la materialidad intrascendible,
el pleno infranqueable - no el vacío -,
la diafanidad de una consciencia
que vibra como llama,
que aparece en el mundo, lo delata,
lo ilumina, lo ahonda. Y lo destruye.
El polvo en las mañanas, nos envuelve.
Mucho antes que la muerte, nos ocurre
la verdadera muerte: nuestros pasos solemnes,
nuestra nube de oro,
el esplendor disperso de los días sin nombre.
Ese tiempo de siempre es nuestro tiempo.
EL PASMO
¿AMAR? No amar a nadie
Con la proximidad que fue ceguera.
Amar… Hay otras cosas,
el aire puro,
la corteza del árbol,
las criaturas desvalidas.
Pero ¿amar otro cuerpo,
fingir alcances,
ser ciego o sordo? No, no sirve.
El pasmo más profundo es el silencio,
los roces de las manos sobre la dura piedra.
ESTE MANTO DE ESTRELLAS
ESTE manto de estrellas
¿no es un símbolo?
Esta expresión irrebatible
de la totalidad ¿no representa
algo que se insinúa más lejano?
Esta grandeza de los fuegos
celestiales, de la noche
que ya anuncia su fin en claridad de alba,
toda esa pulsación
¿qué es?, ¿no es nada?
Tal vez el grillo sabe
que hay una historia última,
que hay un silencio último
más allá del silencio de la noche.
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EDUARD REBOLL
LA CASA
¿No la recuerdas, viajero?
Esta es la casa que te espera,
tu casa.
No tengas prisa en penetrar en ella.
Es tu profunda casa,
donde los ecos de tus pasos
se adentran
Abre primero la gran puerta,
y aspira, aspira el frío,
el vaho, y avanza a tientas,
hasta tu cuarto oscuro
donde tu voz resuena.
De la antología "Una noche en vela"
Editorial Renacimiento, Sevilla, 2006
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