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"MAÑANA LO VEREMOS"
Desde la hora sexta… (Mateo 27).
Desde la siesta hasta la media tarde
se cernieron las nubes sobre el valle.
Con las primeras ráfagas de viento
los rostros se volvieron hacia el cielo
y las aves huían en desorden.
Cayeron los primeros goterones,
y entonces un relámpago estridente
rasgó el aire, tremó la tierra; un fuerte
viento abrazado en frenética danza
al agua y al granizo asediaba
el indefenso valle sin piedad.
Cesó el viento, y la lluvia torrencial,
entre espasmos de luz y ecos atronadores,
con su rudo y caótico redoble
fue dejando caer el filo ciego
de una noche sin sueños sin silencio.
Varado en la penumbra, tú -hierático
cual inútil moái abandonado-
apenas parpadeabas detrás de los cristales;
¿recordabas tal vez un bíblico pasaje?
-"Tú sabes bien, hermano, que no creo
en dioses ni en naturas pendencieros;
si los hombres cambiamos las premisas
la natura concluye según su ley le dicta;
y actúa con medida, aunque no lo parezca:
su ley no es racional, su ley es ciega."
Y con el cráneo en alto, hinchado el pecho,
ensimismado, orondo, satisfecho
y sumido en sopor naturalista,
sentado en el sillón, se obnubiló tu vista.
La tormenta amainó dejando apenas
temblorosos reflejos tras la sierra,
rumores que se ahogaban en el aire,
regatos que cantaban por las calles,
el triste lagrimeo en los aleros,
el olor de la tierra mojada, y a lo lejos
el bramido horrísono del río
surgiendo amenazante de tenebroso abismo.
-Espabílate, hermano, y ven a contemplar
el fin de la tormenta, el despertar
sonámbulo del valle saliendo del asedio.
Ven al balcón, insisto, allí veremos…
"Mañana lo veremos" bostezabas
mientras haciendo mutis te ibas a la cama.
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