|
MIENTRAS LA LUNA
La otra noche, cuando salí al balcón, la luna se mostraba plena, plateada y con un brillo que impregnaba las horas de una claridad arrebatadora. La luna parecía como bañada en luz fría y circundada por un halo mágico. Absorto contemplé la bóveda que nos envolvía. Mis ojos, algo cansados, intentaban penetrar hasta donde alcanza la sideral magnitud de los astros. Aún no del todo acostumbrado a la leve luminosidad del firmamento, intuí que las titilantes estrellas y la majestuosidad del cielo que me abrazaba querían contarme algún secreto.
Rodeado por duendes de los sueños y sumergido en una silenciosa quietud, de repente oí un leve rumor. Me pareció escuchar un sonido semejante al murmullo de alguien o algo no queriendo incomodar al silencio. Me asaltó el ánimo y apareció en mí la curiosidad del niño que llevamos dentro. Agudicé los sentidos, volví la vista al rincón de donde procedía el cuchicheo y conformé las pupilas a la leve luz, reflejo de la luna en la pared.
¡Quedé asombrado!, al reparar en lo que entraba por mis oídos. Conocía algunos rasgos de las plantas y flores. Las que año tras año cultivo en el balcón del hogar donde vivo: su hermosura y el rápido crecimiento, sobre todo si las cuidas y las mimas. El perfume de los geranios y las olorosas flores de la dama de noche flotaban mezclados en el aire como musa inventada para el momento.
Pasados unos segundos, aún tenía dudas de si, lo que escuchaba y veía era verdad. ¡Las plantas dialogaban entre ellas! Sí, sí, era una conversación amorfa, apenas un susurro entre la almidonada pilistra y la arrogante yuca. Agudicé el oído un poco más, me moví despacito para no interrumpir tan animado y extraño diálogo y me mantuve atento para ver de qué iba la charla.
-Ya ves -me pareció que decía la pilistra, apenas con un hilillo de voz?. Aquí estamos. Atadas al tiempo y a nuestras raíces.
-No te quejes -le contestó la Yuca-. Al menos nos riegan y nos abonan de cuando en cuando… Y, en alguna ocasión que otra, hasta podemos escuchar música.
En ese momento pensé: "Eduardo, esto no puede ser verdad. O alguien te está gastando una broma o simplemente, estás soñando". Después de unos segundos más escuchando la extraña conversación, de pronto…, silencio, nada más volví a oír. El tiempo siguió transcurriendo paralelo a mi embeleso. Quizá pasaron unos minutos o puede que horas.
Más tarde, se veló la claridad de la noche y el cielo, convertido ahora en una pintura abstracta, rápidamente se degradó hacia una penumbra vestida de azabache. En nada de tiempo, una inoportuna nube tan negra como el hollín le cubrió la cara a la luna y la noche se hizo cortante.
Mientras uno a uno, se consumían los minutos, aún escuché los lamentos de un gato ansioso por disfrutar sus pasiones nocturnas, también oí la estela sonora dejada por el volar cadencioso de unas aves en su paso migratorio.
Después, no supe lo que aconteció. El silencio no volvió a romperse. La impertinente nube invadió más y más la inmensidad del cielo. Mi memoria quedó atrapada entre los enormes nubarrones. A partir de ese instante quedé hipnotizado en la nada y el tiempo dejó de latir para mi conciencia.
No recuerdo si la luna se asomó de nuevo por entre alguna de las inoportunas nubes. Puede que sí, o puede que no lo consiguiera en toda la noche. O tal vez, ni siquiera mi salida al balcón fuera un hecho real. Quizá, solo se tratara de una historia más inventada por mis sueños.
|